
Categoría: Reflexiones
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Cuando la Libertad es cercenada por el negocio
Llevo haciendo radio desde 1986. Comencé en Onda Verde, cuando era la emisora libre más escuchada de Madrid (con el permiso de La Voz de la Experiencia, Cadena del Water). Mi sueño se cumplió al poder sentarme delante de un micrófono y presentar la música que adoraba. Era un programa que no habría pasado los cánones de calidad de una radio fórmula, pero era libre, fresco y divertido.
En 1988 la Ley de Ordenación de las Telecomunicaciones nos obligó a un cierre cautelar. La Cadena Ser comenzaba su voracidad imparable, a la cual seguía Onda Cero, que por aquellos días de la mano de la ONCE, estaba dispuesta a cubrir todo el espectro radioeléctrico posible. Las razones para el cierre hace más de 20 años eran muy claras: El espacio de la Frecuencia Limitada es precísamente eso, limitado. Las emisoras libres, sin publicidad, sostenidas por las cuotas de sus socios, se convertían en molestos pepitos grillos y se cerraban por Real Decreto.
Tras unos meses de indefinición, a finales de 1988 volvimos a abrir. «La hora de los brujos», mi viejo programa, se trasladó a Radio Vallekas, donde pude seguir haciendo radio libremente, pinchando la música que me gustaba, escapando de la rigidez de los guiones de la radio convencional, consciente de que un solo oyente que pudiera perderse en mi programa valía más que todos los millones de cualquier EGM.
Desde hace años hago un programa de radio en Radio Enlace. Su calidad puede que no sea elevada. Tal vez estamos muy lejos de los grandes «comunicadores» en cuanto a dicción o mensajes políticamente correctos. Pero todos los domingos, cuando llegan las diez de la noche, siento la libertad con pasión fluir frente a un micrófono, siendo muy consciente de que nuestro pequeño puñado de oyentes se ven identificados con un programa de radio diferente, con una forma de hacer las cosas de otra forma, con unos mensajes contados de manera distinta.

Y una vez más vuelve a plantearse el cierre. Da igual que las emisoras comunitarias llevemos más de 20 años esperando una licencia compartida. Lo de menos es que hayamos planteado todo tipo de alternativas para compartir un par de puntos de un dial que todavía tiene espacio. Lo importante es cercenar esas voces que no se pliegan a los intereses políticos o económicos. La Comunidad de Madrid cede gustósamente las licencias a sus amigos políticos y ahora, de nuevo mediante Ley de carácter general, la General de Comunicación Audiovisual, se planteará el cierre de las «emisoras piratas». Las que «rompen» el mercado publicitario (por no aceptar publicidad), las que «no pagan impuestos», entendidos por peajes a los gobiernos de turno, las que dan la voz a «esos» amateurs que osan lanzar su mensaje «sin calidad» frente a los popes radiofónicos reconocidos.
Durante estos días la polémica parece instalarse solo en el ámbito de Internet. Se podrán cerrar webs que enlacen contenidos protegidos por la propiedad intelectual con el beneplácito de un juez de la Audiencia Nacional. Internet cacarea en contra y, en mucha menor medida, a favor de semejante disparate. Pero la radio, esa compañera inseparable y cálida está tocada de muerte y muy pocos son los que parecen estar preocupados.
Alguno pensará que si se cierran las radios comunitarias siempre quedará emitir online, pero, ¿cuanto tiempo pasará hasta que se prohíba hacerlo también así? ¿Seguiremos aceptando que la libertad se coarte por las presiones políticas y comerciales de los grandes grupos de interés? ¿Continuaremos pensando ingenuamente que la información y la comunicación es un derecho?…
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Feliz Navidad y Feliz Año 2010
Los próximos días apenas podré ni Twittear. Nueva Orleans, una de la ciudades más maravillosas del mundo, me espera de nuevo. Desde allí me comeré las uvas y seguiré su peculiar cuenta atrás.

Quiero desearos a todos que paséis felices fiestas y que el próximo año sea pleno de éxitos personales y de felicidad.
Nos leemos en unos días!
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Qué cojones hemos hecho
En la blogosfera la gente se hace trackbacks, enlaces y retroenlaces, pero a veces, cuando uno lee algo con lo que se siente identificado no puede hacer más que repetirlo, gritarlo a los cuatro vientos. Por eso me tomo la licencia de reproducir aquí el último post de Marcelino Madrigal. Tal vez porque en estos días en los que el doscerrilismo nos invade en frustración, gritos, amenazas, y parece llevarnos a una espiral ridícula, algunos soñamos con otra vida que no fue tan mala….
Yo vivía al final de Madrid. Literalmente. Salía a la calle y un portal más abajo se extendía campos de trigo. Ningún edificio ni carretera. Vallekas, en el este de Madrid era el fin del mundo civilizado.
Había litronas entre 5 o 6 tipos que no juntábamos mil pelas (6 Euros). El costo había que ir a buscarlo a sitios jodidos, y nadie te lo ofrecía por la calle si no te conocía a ti o a tu hermano mayor. La gente de mi edad madrugaba y se iba a currar en un autobús donde se los asientos se rifaban, y tenias que pelear con las viejas para poder dormir unos minutos en el metro. Si un abuelo te llamaba la atención sabías que te podía caer la de dios, y bajabas la cabeza y levantabas el vuelo.
Los malos eran los 4 gambas de siempre, y siempre eran los mismos. Si los venias venir igual acababas a hostias, pero al día siguiente ya no se metían contigo. No salíamos los días de diarios para conseguir tener lo suficiente para salir el viernes y el sábado. No daba para más el tema. Quedábamos los domingos para jugar un partido de fútbol interminable, y no había copa, había un litro de cerveza bien frío que pagaba uno de los que perdía a uno de los que ganaba religiosamente. El fútbol molaba y a uno le ponían el apodo del que metía más goles, no del que ganaba más dinero y más anuncios hacía.
Los padres venían tarde porque hacían horas extras para sacar adelante a la prole de hijos. Las madres cuidaban de ellos, los llevaban al Cole, les daban enormes bocadillos de cualquier cosa y los volvían a mandar a la calle. Siempre sabían donde estábamos, y cuando alguno volvía con la cabeza abierta por la última batalla a pedradas le daban una colleja y le tiraban de la oreja. Los mayores en verano sacaban las sillas y se tiraban hablando hasta las tantas, y algunos dormían en la misma calle hasta que el sol los despertaba.
Escuchábamos rock en casettes, y cuando uno ganaba su primer sueldo se compraba unos Levis, unas John Smith y la ultima camiseta de los Maiden. Si tenía suerte y le daban paga se iba a Gandia de camping con 4 como él a desparramar con las guiris. Si no, siempre quedaban las acampadas en la sierra, donde para oxigenarse se llevaba mucho tabaco, Whisky segoviano, unas latas de La piara y mucho costo. Nada de Erasmus, ni de redes sociales, ni esas cosas. Con los colegas de siempre.
Era raro que la gente se matara con el coche, o con las motos. Las pelas no daban para esas cosas, así que tocaba tren, y autobús. No había Internet. Había campo y grillos. No había consolas, había balón. Poca discoteca, y mucho de bodega con botellines helados. Y mucha charla. Charla sobre todo. Las chicas, el curro, la vida y lo que uno sería de mayor y como serian las cosas.
Algunos viernes por la noche, en verano, miro por mi ventana y veo tantas grúas, tantos coches tuneados al límite conducidos por cerebros de 50 cm cúbicos. Tantos jóvenes metiéndose de todo y diciendo que están de fiesta cuando igual en 10 minutos se están abriendo la cabeza unos a otros por cualquier gilipollez. Niñas y niños disfrazados como el último mamarracho famoso que ha salido en la televisión 15 minutos por contar con quien folla. Tanta prisa y tanta frustración en la calle. Gente discutiendo por como pagar hipotecas, gente discutiendo porque no se puede ir de casa de sus padres. Gente discutiendo por todo
Seguramente ahora hemos avanzado de la hostia, y la gente tenga oportunidad de tener un conocimiento y el acceso a la biblioteca universal en forma de Google. Blogs y Youtube. Descargarse la música y las películas que uno quiera. Tuenti, y yo que se.
Mil cosas.
Incluso esté bien que tú leas esto. Pero yo me pregunto algunas veces si vale la pena.
¿Qué cojones hemos hecho? ¿Qué cojones?
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Trolls 2.0
Los Trolls no son algo que haya aparecido con la Web 2.0. Posiblemente desde los inicios de Internet, la opción de utilizar la comunicación mediada y anónima ha permitido que personas, en muchos casos absolutamente normales, pacíficas y educadas usen la Red para lanzar insultos, traten de reventar foros, o pongan a prueba con su estupidez hasta donde llega la paciencia de un asistente en un chat. Tradicionalmente los Trolls no se conocían entre sí y su agresividad era rechazada en cualquier manifestación de Internet. De hecho el mensaje Don´t feed the Troll es muy conocido en cualquier participante de una comunidad virtual. Para evitar a una persona cuyo único interés sea llamar la atención usando insultos lo mejor es simplemente no hacer caso.
Con la llegada de los nuevos formatos de la web participativa estos sujetos viven una época de esplendor. Ya no es necesario registrarse en un foro o un canal IRC y ser baneado al poco tiempo, sino que miles de sitios web se abren ante ellos como una oportunidad para lanzar sus ofensas. Blogs, en menor medida redes sociales y de forma masiva las páginas de los periódicos digitales, permiten que los aburridos y anodinos individuos puedan transmutarse en molestos participantes de un sordo diálogo de besugos, faltón y ridículo.
Existe toda una teoría bastante compleja sobre los comportamientos violentos y antisociales de algunas personas al situarse frente al teclado, en la que se estudia a fondo el placer que se siente contraviniendo las convenciones y las reglas, convirtiéndose en el molesto energúmeno que busca un efecto dominó producido por sus acciones e incluso puede llegar a plantearse si la figura del troll llega a ser útil en determinadas comunidades «adormecidas». Un estudio antropológico de los usos comunicativos de Internet que no está ni tan siquiera cercano a ofrecer todas sus posibilidades. Pero hoy nos enfrentamos a un nuevo de tipo de troll.

Cualquiera que observe las páginas de los diarios digitales, especialmente 20 minutos y El País, aunque también es aplicable para el resto de periódicos «clásicos» on line, puede leer comentarios xenófobos, racistas, algunos más cercanos a ideologías neonazis que sin duda enrojecerían a sus autores si soñaran con plantearlos en público. El objetivo de los ataques siempre suele ser el mismo, el gobierno del país, la pesadilla que todo lo toca, ZP y sus votantes «imbéciles» y «apesebrados» se convierten en el objetivo de miles de comentarios denigrantes, insultos, ataques que van mucho más allá de la crítica ante hechos políticos o cuestiones sociales.
No, no pretendo plantear una defensa del gobierno ni de su presidente. Sino hacer ver que el trollismo como forma de ataque en los medios de comunicación ya es una moneda común. Alguno podría pensar que esto es resultado de la libertad de comentar como y lo que de la gana a los lectores. Y que en esa participación radica la grandeza de la nueva Web. Pero yo no soy tan ingenuo. Da igual que se hable de una manifestación, de los centros de inmigrantes o de Haidar. Ellos están siempre ahí, dispuestos a tratar de ofender mediante palabras gruesas.
¿Hay una campaña orquestada para que la participación en «la conversación» monopolice el discurso hacia una determinada idea? ¿El famoso «pásalo» tan recordado en las elecciones de 2004 vuelve a usarse como boomerang de forma encubierta y más agresiva? ¿O tan sólo la educación, la discusión civilizada y los argumentos están siendo dejados atrás en esta web tan «conversadora» para convertir a muchos «comentaristas» en máquinas vociferantes perfectamente dirigidas?
Gritos e insultos, actitudes fascistas e intolerantes por doquier… ¿otro peaje de la conversación o tan solo una trampa poco sutil?
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Porno con menores
A lo mejor has caído aquí por casualidad. O tal vez atraído por el jugoso título de este post. Si tan sólo eres un curioso te darás pronto cuenta de que cada vez somos más los que nos preocupamos porque la pornografía en Internet sea pronto un lamentable recuerdo, algo que acabe finalmente siendo controlado por las autoridades, las empresas responsables y los propios usuarios.
Si por el contrario has venido aquí atraído por el deseo de acceder a contenidos pornográficos con niños, solo me queda esperar que pronto acabes siendo atrapado en una de esas redadas que cada vez son más frecuentes y que terminarán con todos los pederastas en la cárcel, pudriéndote con tus repugnantes deseos.

Finalmente, si has recaído en esta casa porque has tenido la mala suerte de vivir una experiencia relacionada en primera persona con ese delito, solo puedo animarte a que denuncies, a que pidas ayuda. Se que es difícil, pero no imposible. Entre todos tenemos que parar ese cáncer.
Ayer, hoy, mañana y siempre… NO A LA PORNOGRAFIA INFANTIL EN INTERNET (Ni en nigún otro sitio)
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Somos malos, muy malos…
…»Los internautas», es decir esos 19 millones y medio de personas que según el EGM usamos a menudo la Red en España, somos similares a los cazadores y empresas que matan focas a estacazos. O peor aun, en la era en la que se discute sobre si volver a las centrales nucleares, nosotros somos casi 20 millones de Chernobiles digitales, prestos a acabar con la inteligencia y la creación. Somos el mal absoluto, el que llevará a nuestro país a caer de nuevo en el atraso de épocas oscuras de espadas y brujos, donde los Creadores morirán aplastados por nuestros robos y pillajes… No, no estoy comenzando una novela de ciencia ficción sino interpretando el enésimo ataque contra Internet del Sr. Javier Marías. Un escritor que pese a publicar un blog y poder ser leído digitalmente en sus columnas vociferantes de El País, manifiesta que no tiene un ordenador. Tal ver Javier Marías tiene un grupo de becarios que se encargan de pasar al mundo digital sus hábiles escritos, salidos de su pluma justiciera, sin recordar que eso, ayer y hoy se denomina en el argot «usar negros». Como quiera que sea, Don Javier vuelve a las andadas, atacando ciegamente que la distribución de contenidos en Internet sea asaltada por los ladrones y sinvergüenzas que pululan la red. Los primeros de ellos tal vez esos presidentes que él cita alegremente. Ya se sabe que para ser un escritor con aire maldito hay que zurrar a propios y extraños, aunque se haga sin ningún sentido común ni medida. Dice el bueno de Marías que el arte y la cultura van a desaparecer porque las descargas «ilegales» empobrecerán tanto a los creadores que les llevarán a abandonar el excelso camino de inspirarnos e iluminarnos con su creatividad
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Días estos en los que se habla permanentemente del libro electrónico. Creo que tan brillante escritor observa las agujas del reloj de su casa aterrado, pensando en cuántas personas dejarán de leerle pagando, para robarle y por qué no, plagiar su maravillosa obra. Lo de menos es ofrecer un panorama que muestre el enriquecimiento tangible y real que ha producido Internet. Y la compartición. Sí, Señor Marías. Miles de creadores ponen a disposición de esos asesinos de ancianitas sus trabajos y no por ello dejan de llevar adelante su vena creativa. Miles de músicos, cientos de escritores y decenas de cineastas se han dado cuenta de que el mundo que usted pinta, con su verbo fácil y cómodamente asentado en el periódico «más vendido», es precisamente el que viven. En el que los llamados derechos de autor no dan para comer. En que las puertas se cierran en sus narices por no ser los «popes» de la cultura que usted pretende defender. En el que las subvenciones catadas por los de siempre hacen que ellos se vean como apestados. Hay otros modelos, otras formas de hacer las cosas. Pero ¿no será que aterra ser desplazado de los anaqueles de la librería de moda? Pero el Señor Marías lo tiene claro muy claro y como tal nos ilustra a nosotros, viles delincuentes: Es necesario normalizar, prohibir, perseguir, censurar, para evitar caer en un «modelo soviético». Vaya, es curioso como uno cuando vomita cuatro letras y estas se juntan acaban mostrando lo que desea su inconsciente. Don Javier, ya ha clamado usted contra los ordenadores por arrinconar a la tradición, contra las descargas por empobrecer a los ricos, contra los blogs, por usurpar el papel de los tocados por las musas… Desde aquí le propongo que siga usted con su cruzada. Desde que un cantante relacionado con las frituras de pollo desapareció de la escena berreadora ésta necesitaba un líder. Incluso me atrevo a proponerle un próximo tema: clame contra los podcasts, esos lamentables audios que algunos suben a Internet y que despistan a los ciudadanos de pro de ágiles e ingeniosos tertulianos. ¿Que no sabe que es un podcast? No se preocupe, seguro que alguno de sus negros colaboradores puede explicárselo…
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Ombliguismo
No suelo acudir a eventos doscerriles. No por nada en particular. Tal vez tenga que ver mi cada vez mayor cinismo ante su utilidad. O puede que sea el cansancio tras llevar casi 15 años viendo a gurús cuyas aportaciones pueden ser leídas en decenas de sitios web y en el mejor de los casos en artículos científicos o libros con mayor o menor entidad.
La novedad que ha sido incorporada en los últimos tiempos es que no es necesario trasladarse al espacio en cuestión, sino que tan ricamente desde tu máquina puedes verlo en streaming e incluso comentarlo a través de Twitter o Facebook. Y esos comentarios suelen ser mucho más divertidos que la charla del gurusillo en cuestión ya que, al menos, haces amigos… o enemigos…
Esta semana se ha celebrado el SIMO. Creo que podrían mover un poco las siglas y rebautizarlo como MIOS. El yoismo como modelo de comunicación, glorificando al pope que cuenta cosas frente a un Powerpoint con bellas fotografías mientras los suyos asistentes parecen asentir, con mayor o menor convencimiento. Mi experiencia, mi idea, mi mensaje, mi, mi, mi…

¿Pero realmente es necesario que en un evento un profesor pontifique sobre que las empresas no saben usar Facebook? ¿Es lógico que un gurú de primer nivel repase su libro de 2002 sin aportar nada nuevo? ¿Se comprende que las operadoras de movilandia sigan con sus futuribles, oídos una y mil veces, pero siempre lejanos a la realidad, por no decir que absurdamente falsos?
Mi amigo Marcelino dice que las empresas pasan de la Web 2.0 con razón, ya que no ven que exista un modelo de negocio claro. Yo voy más allá. Espero que sigan pasando de ella y deseo que hasta la Web 2.0, o de Nueva Generación se les olvide. A ellos y a todos. De esa manera podremos centrarnos en lo que nos gusta: bloggear, twittear, encontrar a amigos a través de Facebook, descubrir música en MySpace o martirizar al mundo entero con nuestras fotos y vídeos sin tener que esperar a que vengan a nuestra casa. Si se olvidan tal vez no haya que santificar el eventismo del «me miro el ombligo una y otra vez».
Da igual, todo es cuestión de modas… o de pasta… ¿no?
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Cates de verano
Todos los años por estas fechas me viene a la memoria el verano de 1983. A punto de cumplir los 15 años, había terminado 1º de BUP. O más bien estaba empezándolo en aquellos días, ya que salvo la Historia, la Gimnasia y la Etica había suspendido todo lo demás. En Conocimiento de AC/DC obtenía Matrícula de Honor y en Cultura sobre Heavy Metal me peleaba por superar el Sobresaliente, pero inexplicablemente no aparecían en el boletín de notas.
Tras el consejo de guerra que se produjo en casa cuando llegué con el cerro de suspensos, los generales paternos decidieron aplicarme el corralito libertario, lo que supuso que durante dos meses casi no viera la luz del sol. Polinomios, límites, el Binomio de Newton, ecuaciones, trigonometría, combinatoria, gigantescos párrafos para analizar sintáctica, morfológica y semánticamente, las familias de los insectos, geología mezclada con el past perfect y de fondo la odiosa historia del gregoriano y la evolución de la música barroca. Horas y más horas encerrado metiendo en la cabeza contenidos para regurgitar en el temido septiembre. Preocupado por el concierto de Ten Years After y Obús y la forma de escaparme para ver mi primera actuación en directo de unos peludos perdidos en Aranda de Duero, un pueblo en el que jamás había habido otra cosa que gigantes y cabezudos.
No teníamos Internet. Ni ordenadores. Si queríamos jugar al Invaders teníamos que buscar un bar que tuviera «maquinitas». Lo nuestro eran los flippers, el futbolín y el billar. Las tardes en las que se podía salir escapando de la vigilancia de los generales nos sentábamos en un banco con unas pipas, un litro de cerveza y unos Fortunas de a duro la unidad (aunque los Ducados de a dos el duro también triunfaban). Escribíamos canciones que nunca serían interpretadas. Discutíamos sobre lo que no nos convencía de «La noche en que mataron a Calvo Sotelo» de Ian Gibson, ilusionados por haber conseguido un autógrafo suyo un día que le vimos perdido buscando el mítico restaurante El Corrales y tres adolescentes le acompañamos a cambio de una firma suya. Perdía el tiempo con «El Pincho», una novela de Arnaud de Borchgrave y Robert Moss que me habían regalado antes de que se supiera mi debacle estudiantil y que escondida entre los cientos de folios suponía mis momentos de descanso del «coñazo de estudiar».
Aquel verano pasó volando y mágicamente en septiembre conseguí aprobarlo todo. O casi todo. Siempre me gustó llevar una colgando del curso anterior. Te hacía más «chachi» en la manada. En cualquier caso, aunque hubiera querido, el profe dictaba sus normas. Y en aquel curso la decisión fue que mi pelea con las subordinadas y los objetos indirectos requeriría un año extra de trabajo para sacarla.

Todos estos recuerdos se agolpan en mi memoria cuando leo los resultados de la prueba de nivel de 3º de la ESO de Madrid, publicados ayer. No sé muy bien la razón. Han pasado tantos años y el mundo ha cambiado tanto que posiblemente no tenga derecho a enjuiciar a los chavales que hoy tienen 15 años. Tal vez porque al observar los exámenes que los alumnos han hecho, esas preguntas simples falladas de forma mayoritaria, uno tiende a sentirse mejor recordando el pasado. Mirando hacia atrás al menos puede ser consciente de que el zoquetismo es común a todas las épocas. Incluso aquellos profes nefastos que me martirizaron en BUP continúan hoy su labor.
Solamente es necesario ver la quinta pregunta de la prueba de literatura: «¿Por qué crees que dice el protagonista “pero en mi corazón ya había anidado el dasasosiego”?». Una errata, ¿tan sólo? Una más que nos puede indicar hacia dónde vamos. Los chavales no son capaces de destacar en matemáticas y son mediocres en lengua. Bien, yo tampoco era un estudiante modelo. Y como yo, muchos otros. De forma que los temarios se ajustaron. Se recortaron. Se minimizaron. Tal vez sea eso lo que hay que volver a hacer. Y es que si sólo un 20 % de los estudiantes de 6º de Primaria sabe para qué sirve un termómetro, lo mejor será que dejemos de usar termómetros, ¿no?
Algunos hablan de la Generación Einstein. Un concepto fantástico para vender libros. Seguro que esa obra es mucho más entretenida que Generación X, que a fin de cuentas sólo retrataba a una parte de los que nacimos a finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Y como todo el mundo sabe Einstein fue un mal estudiante, pésimo en matemáticas y horrible en letras. Así que ya vale de preocuparnos. Esos datos de nuestros chavales comparados con nuestros recuerdos de adolescencia lejana son sólo «relativos»…
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¿Avanzamos?
La Formación Continua era hace unos años una entelequia. Algunos privilegiados de grandes empresas recibían cursos que suponían un paréntesis en el día a día, una forma de actualizar conocimientos y una buena forma de conseguir reunirse con otros compañeros fuera del entorno laboral. Pero lo habitual es que en la mayoría de las empresas la formación fuera un lujo ajeno a las posibilidades del empleado.
Por otro lado, cuando tras terminar los estudios y comenzar la carrera profesional alguien decidía continuar su formación había de hacerlo a través de aquellos Masters arcanos que comenzaban a aparecer en Escuelas de siglas impronunciables a comienzos de los noventa.
Pero eso cambió. De la parte que todos los empleados pagamos al Estado se generó una partida económica dedicada a la formación continua. Primero FORCEM, después la Fundación Tripartita y finalmente planes que se superponen sin fin empujaron a la formación a convertirse en uno de los focos clave de las organizaciones.
De manera paralela empezamos a trabajar en eLearning. La promesa de abaratamiento de costes atrajo a más empresas y a la administración. Ya era posible formar a los empleados con presupuestos mucho más ajustados. Se desarrollaron plataformas de teleformación, se hicieron congresos, se crearon asociaciones y sobre todo el dinero empezó a fluir. Y con él los alumnos. Decenas, cientos de ellos que poco a poco se sumaban a infinidad de cursos de cualquier temática. La máquina funcionaba y sigue funcionando… ¿seguro?
Tras nueve años creando cursos y participando como profesor on line en decenas de ellos sigo viendo el mismo problema. No funcionan. Pero nadie se atreve a decirlo. A denunciarlo. A poner freno a esta carrera hacia ningún lado. Y es que tirar piedras contra nuestro tejado es algo muy peligroso. Más vale no tocarlo.

¿Cuál es el porcentaje de alumnos participantes realmente activos en un curso on line? Me atrevo a decir que no supera el 10 %. Siendo muy generoso. La interacción en los campus virtuales es mínima. Los debates, impulsores del aprendizaje, brillan por su ausencia en la mayoría de las ocasiones o son protagonizados por un número muy pequeño de alumnos que pueden generar la sensación de mucha actividad, cuando realmente son siempre los mismos los que generan esa interacción. Incluso creamos y creemos en la teoría del lurkismo para justificar esas actitudes. A fin de cuentas un porcentaje suficiente elevado realizan los cuestionarios de autoevaluación de forma «satisfactoria» para poder justificar la subvención recibida y solicitar la siguiente.
Mientras tanto los planes de formación continua subvencionada continúan adelante. Cursos gratuitos para empleados, para parados, para autónomos, para empresarios, para niños, para adolescentes y hasta para mascotas. El caso es no dejar de echar gasolina a un motor que por ahora carbura bien.
¿Es positivo que la formación continua sea gratuita? ¿Debemos plantearnos la formación como un producto «comoditizado» al coste que sea? Lo gratis se ha convertido en la piedra angular de nuestro sistema. «Para qué voy a pagar por ello si ya está gratis en Internet» es la respuesta habitual. De forma que el pago individual se sustituye por el pago comunitario, el que realizamos todos a través de nuestros impuestos para que algunos se vanaglorien de tener unos empleados cada vez mejor formados más acursillados.
eLearning y formación continua son dos patas de una mesa que necesita de otras dos para que funcione. La primera es la calidad de los contenidos y de los formadores que participan en las acciones formativas. La metodología de aprendizaje y la incorporación de todo tipo de recursos on line. Pero la segunda, la que hará que la mesa no se caiga una y otra vez y de la que nunca se habla claramente, es el compromiso del alumno que se matricula en un curso. Ese compromiso ha bajado a niveles alarmantes. Y la gratuidad permanente, la subvención ciega, sólo nos puede llevar al desastre (Aunque siempre podemos hacer un curso para aprender como generar motivación en nuestros alumnos on line, por supuesto…)