Jul
09
Escrito por Fernando Checa el
Julio 9, 2009
La Formación Continua era hace unos años una entelequia. Algunos privilegiados de grandes empresas recibían cursos que suponían un paréntesis en el día a día, una forma de actualizar conocimientos y una buena forma de conseguir reunirse con otros compañeros fuera del entorno laboral. Pero lo habitual es que en la mayoría de las empresas la formación fuera un lujo ajeno a las posibilidades del empleado.
Por otro lado, cuando tras terminar los estudios y comenzar la carrera profesional alguien decidía continuar su formación había de hacerlo a través de aquellos Masters arcanos que comenzaban a aparecer en Escuelas de siglas impronunciables a comienzos de los noventa.
Pero eso cambió. De la parte que todos los empleados pagamos al Estado se generó una partida económica dedicada a la formación continua. Primero FORCEM, después la Fundación Tripartita y finalmente planes que se superponen sin fin empujaron a la formación a convertirse en uno de los focos clave de las organizaciones.
De manera paralela empezamos a trabajar en eLearning. La promesa de abaratamiento de costes atrajo a más empresas y a la administración. Ya era posible formar a los empleados con presupuestos mucho más ajustados. Se desarrollaron plataformas de teleformación, se hicieron congresos, se crearon asociaciones y sobre todo el dinero empezó a fluir. Y con él los alumnos. Decenas, cientos de ellos que poco a poco se sumaban a infinidad de cursos de cualquier temática. La máquina funcionaba y sigue funcionando… ¿seguro?
Tras nueve años creando cursos y participando como profesor on line en decenas de ellos sigo viendo el mismo problema. No funcionan. Pero nadie se atreve a decirlo. A denunciarlo. A poner freno a esta carrera hacia ningún lado. Y es que tirar piedras contra nuestro tejado es algo muy peligroso. Más vale no tocarlo.

¿Cuál es el porcentaje de alumnos participantes realmente activos en un curso on line? Me atrevo a decir que no supera el 10 %. Siendo muy generoso. La interacción en los campus virtuales es mínima. Los debates, impulsores del aprendizaje, brillan por su ausencia en la mayoría de las ocasiones o son protagonizados por un número muy pequeño de alumnos que pueden generar la sensación de mucha actividad, cuando realmente son siempre los mismos los que generan esa interacción. Incluso creamos y creemos en la teoría del lurkismo para justificar esas actitudes. A fin de cuentas un porcentaje suficiente elevado realizan los cuestionarios de autoevaluación de forma “satisfactoria” para poder justificar la subvención recibida y solicitar la siguiente.
Mientras tanto los planes de formación continua subvencionada continúan adelante. Cursos gratuitos para empleados, para parados, para autónomos, para empresarios, para niños, para adolescentes y hasta para mascotas. El caso es no dejar de echar gasolina a un motor que por ahora carbura bien.
¿Es positivo que la formación continua sea gratuita? ¿Debemos plantearnos la formación como un producto “comoditizado” al coste que sea? Lo gratis se ha convertido en la piedra angular de nuestro sistema. “Para qué voy a pagar por ello si ya está gratis en Internet” es la respuesta habitual. De forma que el pago individual se sustituye por el pago comunitario, el que realizamos todos a través de nuestros impuestos para que algunos se vanaglorien de tener unos empleados cada vez mejor formados más acursillados.
eLearning y formación continua son dos patas de una mesa que necesita de otras dos para que funcione. La primera es la calidad de los contenidos y de los formadores que participan en las acciones formativas. La metodología de aprendizaje y la incorporación de todo tipo de recursos on line. Pero la segunda, la que hará que la mesa no se caiga una y otra vez y de la que nunca se habla claramente, es el compromiso del alumno que se matricula en un curso. Ese compromiso ha bajado a niveles alarmantes. Y la gratuidad permanente, la subvención ciega, sólo nos puede llevar al desastre (Aunque siempre podemos hacer un curso para aprender como generar motivación en nuestros alumnos on line, por supuesto…)
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Jul
02
Escrito por Fernando Checa el
Julio 2, 2009
Ayer tuve la ocasión de participar en un Congreso en Alcalá de Henares en el cual se dieron cita más de 150 profesores universitarios españoles que trabajan en los Estados Unidos. Presenté una comunicación sobre la utilización de las Redes Sociales como complemento a la docencia y de forma específica realicé una comparación entre las posibilidades que ofrece Facebook frente a nuestro Tuenti patrio.
La comunicación resultó muy agradable y tuvimos ocasión de charlar durante mucho más tiempo del que estaba previsto sobre la incorporación de la tecnología y las herramientas de la web social a la docencia universitaria. Lo único que me apenó fue la poquísima asistencia. La achaqué a que al mismo tiempo se celebraban otras sesiones y que la ubicuidad es absolutamente imposible, al menos en el mundo fuera de la Red.
Por la noche el congreso se clausuraba con un cena en la que tuvimos ocasión de charlar sobre mil cosas y, por supuesto, sobre educación.
“Yo jamás contesto un mail de un alumno. Si quieren algo que lo planteen en clase” fue una de las perlas con las que comenzó una discusión en la que dos universos paralelos nos enfrentamos durante casi tres horas. “A mi me pagan por enseñar, no por perder el tiempo con la tecnología”. “Ya lo que faltaba es que tuviera que empezar a aprender a usar maquinitas para relacionarme con los alumnos”. “Todo eso de los ordenadores sólo sirve para perder el tiempo y yo no tengo tiempo que perder”…

Podría seguir glosando algunas de las preclaras frases que se escucharon en la mesa, pero creo que no tendría sentido. Por fortuna también había algunos profesores que considerábamos aquellos comentarios como muestra de analfabetismo, algo imperdonable en un docente universitario. “Yo tengo ya el Tenure (equivalente a la plaza en propiedad) así que se dediquen a eso los que vengan detrás, que seguro que no tienen otra cosa que hacer”. Es decir, yo hago lo que quiero, y o me lo pagan o no digo ni buenos días.
Alguno podría pensar que fue tan sólo un reflejo de la cortedad de miras de un puñado de profesores que viven aislados en su mundo rosa, a los cuales más pronto que tarde les llegará la jubilación. Pero esa forma de ver las cosas, de encarar la docencia, es mucho más habitual de lo que pensamos. ¿Cuántos docentes publicamos un blog, usamos Twitter o participamos en la Web Social activamente? Pocos, muy pocos. Tan pocos que incluso creamos premios y rankings. Pero la realidad es otra. La mayoría de los profesores siguen siendo completos analfabetos digitales. Usando un ábaco frente a sus alumnos que hace años tienen implantado un chip en sus cerebros. Se ocultan a veces, pero siempre hay un momento para decirlo alto y claro: “Yo de eso no tengo ni idea y no me pagan por ello”.
Hablamos de Escuela 2.0, de regalar máquinas y ennredar los centros educativos. Pero para que se produzcan los cambios ansiados habrá que esperar y mucho. Mis compañeros de mesa eran norteamericanos de adopción, mal ejemplo de lo que pasa en el tan alabado sistemas educativo de Estados Unidos. Si ese pequeño grupo pensaba así, ¿alguien imagina que en nuestro país las cosas cambian radicalmente?
Tendremos que prepararnos para que pase tiempo. Para que un profesor no se vanaglorie delante de sus propios compañeros de ser un zoquete ilustrado. Pero la espera, mientras ese día llega, va a ser dura, muy dura…
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May
25
Escrito por Fernando Checa el
Mayo 25, 2009
En España siempre ha habido rankings contradictorios sobre la calidad de las universidades. El más conocido, el que publica el diario El Mundo, no deja de ser controvertido por algunos de sus datos. Y realmente faltaban hasta la fecha datos concisos y claros sobre la calidad de la docencia, los resultados de la investigación y, en definitiva, una clasificación clara de las universidades españolas.
Vaya por delante que creo que los rankings no dejan de ser orientativos, pero el documento que publica hoy El País (.DOC) es absolutamente demoledor. En especial porque es difícil no encontrar datos que hagan pensar que nos queda mucho por delante. Si la Universidad Española se compara con algunas de las mejores universidades del mundo no salimos bien parados. Pero cuando observamos la nuestra, a la que acudimos a diario y en la que ponemos nuestras esperanzas, los resultados son terroríficos.

Nos queda mucho por hacer. Nos queda casi todo por mejorar. Enfrascados en el “mágico” proceso de Bolonia, se habla poco de la realidad interna y comparada de los centros universitarios españoles, de la falta de producción científica, de la endogamia y las eterna y frustrante carrera del docente, de los salarios bajos que llevan a la fuga de docentes, del adocenamiento, en suma que viven nuestras Alma Mater.
El estudio debería agitar consciencias. Mucho más que la pelea retórica de la implantación de un Espacio Europeo de Educación Superior, en el que más vale no indagar cual es nuestra posición.
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May
21
Escrito por Fernando Checa el
Mayo 21, 2009
Es una pregunta que hago siempre en clase. Llevo lanzándola tantos años que ya se me olvida la primera vez que abrí el debate en un aula con ella. Mis alumnos, suelen mirarme extrañados al comienzo. Especialmente cuando me lanzo en un arrebato romántico y les digo que ante todo busquen ser felices. Muchas veces me encuentro con respuestas del tipo, “no sé, trabajar y eso…” o “me da igual, con tal de ganar mucha pasta”. Alguno, con el que suelo inicialmente estar de acuerdo , plantea simplemente “lo que sea, con tal de vivir cómodamente”, aunque al final la comodidad suele expresarse en términos de nómina, coche, casa en bucle infinito.
Me gusta una vez al año reflexionar sobre cómo ha funcionado mi trabajo. Yo que no sabía que quería ser de mayor, especialmente los últimos años de carrera, en aquellos días en los que cual miserable aprendiz de Sócrates sólo era consciente de que no tenía ni idea de nada. Siempre pensé que mi profesión fue la que me eligió y no yo el que opté por ella. Aunque cuando pienso con detalle en ello, me doy cuenta de que los años que pasé en marketing financiero, aquellas mañanas en las que me odiaba porque mi objetivo era convencer a los que poco tenían para que se endeudaran aún más, fueron los que me volvieron a empujar a las aulas, a hacer aquello que para mi era un juego, contar cosas, escuchar que me contaran cosas, pasar buenos ratos, conversar de lo divino y de lo humano… ¿quién me iba a pagar por ello?

Acaba el curso. Falta una asignatura, pero básicamente llegamos al final. Un año en el que decidí que las cosas habían de hacerse de otra manera. En el que salté haciendo un doble mortal sin red, afrontando el caos según llegara. Sin exámenes, sin estrictos controles de asistencia, basando el trabajo en los alumnos y lo que tenían que decir. En clase o en sus blogs. Haciendo protagonista la conversación, olvidando “cómo han de hacerse las cosas” para enfrentarme a lo desconocido.
Y cuando veo los resultados del cuestionario que me están rellenando, que será parte del análisis cuantitativo-cualitativo de mi Tesis creo que no me he equivocado. O al menos no tanto como cuando en momentos de desesperación por una baja asistencia veía con envidia clases atestadas de alumnos callados y observando una pizarra que se llenaba de fórmulas y letras sin sentido.
Hay mucho que corregir. Hay mucho que limar. Meteduras de pata garrafales y errores absurdos de los que he de aprender. Muchas mejoras que incorporar el próximo curso en un proceso que no tiene fin. El de acostarse pensando qué inventar, qué ingeniar y el de levantarse y sorprenderse diariamente con una palabra, una actitud, un saludo o un cigarro compartido. La conversación, la discusión eterna que parece no llevar a nada, pero que acabas incorporando a tu discurso. El goce de encontrarte alumnos años después que son tus amigos, que comparten sus anhelos y sus cambios. Con los que tomar unas cervezas y recordar el día que aquel tipo melenudo entró en clase y soltó la primera chorrada.
Yo ya se lo que quiero ser de mayor. Nada diferente a lo que hoy soy. Nada distinto a lo que vivo y a lo que disfruto.
A todos mis alumnos de la promoción 2008-09 de ADE, ADE-ITM, ADE-TELECO, Fisioterapia y Fisioterapia-Podología, de la Universidad Europea de Madrid… Muchas Gracias
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